La fila de los mancos

El mundo del séptimo arte: noticias, anécdotas, biografías (actores, directores,...),..., y, cómo no, los últimos estrenos cinematográficos.


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domingo, marzo 18, 2007

Un psicópata acabado que ya no da más de sí

Fría, reiterativa y bochornosamente impúdica. Así es 'Hannibal. El origen del mal', una película que demuestra, ya definitivamente, que el personaje de Hannibal está tan muerto como sus desgraciadas víctimas.
El origen del mal revela lo que pasó en la infancia y juventud del psicópata que hiciese famoso Anthony Hopkins. Tanto nos quiere mostrar con tan poco tacto que terminamos aburridos y asqueados por su falta de sutileza, su maniqueísmo y su simpleza psicológica.
Hay que reconocer que Thomas Harris le ha echado narices al asunto, porque aventurarse a contar las razones de la monstruosidad de un personaje cuya gracia está precisamente en lo que oculta, es saber que vas a perder la partida desde el principio. Pero como en toda apuesta siempre hay alguien dispuesto a jugar a la contra, he aquí que el productor Dino de Laurentis -en otro tiempo detrás de joyas como La Strada-, encantado de la vida con la pasta que ganó gracias otro producto de la saga también de dudoso gusto, Hannibal, accedió a apoyar su historia contando con un director que simplemente había mostrado una fría corrección en la adaptación cinematográfica de La joven de la perla, Peter Webber.
A pesar de no caer en garrafales errores narrativos, el resultado no deja de ser un despropósito en el que no hay quien se crea a este ser obsesionado con la pérdida de su familia durante la Segunda Guerra Mundial a manos de un grupo de bárbaros penosamente caricaturizados y traídos una y otra vez a la pantalla en forma de absurdas escenas ralentizadas; de un joven que, influido por el personaje de su tía japonesa, se toma al pie de la letra el código de los samurais y se dedica a cortar cabezas y comer mejillas. Tampoco entendemos de dónde surge ese lado culto e inteligente del personaje, que por arte de magia decide dedicarse a la medicina, toca el laúd, habla con exquisita corrección o demuestra una destreza inaudita en el dibujo.
La elección del joven Gaspard Uliel -descubierto en Largo domingo de noviazgo- como protagonista, tampoco ayuda. Sus limitadísimos recursos quedan al descubierto a la par que sus maléficos gestos provocan más risa que miedo. Mientras tanto, la actriz Gong Li -qué lejos queda su trabajo con el preciosista Zhang Yimou- hace lo que puede con un personaje hueco convertido en el grisáceo objeto de deseo de Hannibal y perdido junto al del inspector entre las rendijas de una narración sin retos, aburrida y predecible que deja una desagradable sensación de vacío. Nuestra inteligencia no se lo perdonará nunca.

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