La fila de los mancos

El mundo del séptimo arte: noticias, anécdotas, biografías (actores, directores,...),..., y, cómo no, los últimos estrenos cinematográficos.


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miércoles, marzo 07, 2007

The River King

Aunque nos encontramos ante la enésima película sobre un inteligente policía de provincias investigando una muerte en extrañas circunstancias, The River King apunta maneras y los suficientes elementos para que resulte un interesante trabajo en el que Edward Burns da hondura al taciturno Abel Grey y Jennifer Ehle le da fantásticamente la réplica muy ayudada por unos gestos que recuerdan poderosamente a Meryl Streep.
Es interesante porque, a pesar de no resolver como se deben alguno de los puntos de inflexión, hay por encima de todo mucha verdad y hondura en lo que le sucede a este protagonista acosado por el fantasma de su hermano muerto hace años. También por su acertada música, su fotografía y ese aura de misterio soterrado que su director, Nick Willing, esconde tras la estética de telefilme -somera y con planos cortos-, acercándose así a Fotografiando hadas, su cinta más conocida y pequeña obra de culto dentro de una escasa filmografía más centrada en productos para la pequeña pantalla.
En aquella, como aquí ocurre, un suceso paranormal es la llave que permitirá saldar cuentas con un pasado traumático que obsesiona a su protagonista. Pero el juego entre realidad y ficción no está tan logrado en The River King, porque aunque sus elementos centrales -incluso los que apuntan a misteriosos fantasmas- encajan en nuestra cabeza a poquito que nos paremos a pensar en ellos, su poco afianzamiento en la pantalla deja al desnudo muchas hilachas narrativas -esa sociedad secreta al estilo de El club de los poetas muertos, ese agente obsesionado con ascender para contentar a su mujer, ese frío y misterioso profesor- que restan fuerza al tejido central, que finalmente se nos revela como la acuciante necesidad de estar en paz con el pasado para poder afrontar el presente.
Así, fascinados por lo que se esconde bajo este conjunto con pocas pretensiones -de ahí su valor intrínseco- nos queda un regusto amargo pensando en lo grande que podía haber sido, y sin embargo no es.

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