La fila de los mancos

El mundo del séptimo arte: noticias, anécdotas, biografías (actores, directores,...),..., y, cómo no, los últimos estrenos cinematográficos.


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jueves, marzo 01, 2007

Inland Empire

Con David Lynch no hay medias tintas: o lo amas o lo odias. Después de ver Inland Empire a uno le da más por lo segundo que por lo primero, muy a pesar de que su filmografía esté repleta de títulos geniales y de que el tipo vuelva a dejar patente en este trabajo que posee un estilo personal e inconfundible, o lo que es lo mismo: cine egocéntrico y narcisista, siempre lejano a cualquier pretensión de lógica narrativa y situado en el reino de la libre interpretación. Sin embargo, para poco servirá Inland Empire. No hay nada en ella que Lynch no nos hubiera enseñado ya, aunque aquí todos sus vicios hayan sido elevados a la máxima potencia. Como otras de sus películas (Carretera perdida y Mulholand Drive fundamentalmente), ésta sólo encuentra definición en la tautología o la redundancia semiótica. La cinta vuelve a ser, ya van demasiadas, una experiencia fílmica excesivamente opaca desde el punto de vista argumental que, aun así, en virtud de su atmósfera perturbadora y onírica, a ratos resulta estimulante y estilosa.
Nada nuevo bajo el sol. Se trata de otro intento lynchiano por explorar el subconsciente a través de la violencia, la depravación y la lujuria. Tres constantes en su cine. Para lo cual utiliza los mismos elementos de siempre: alguna neurótica con una crisis de identidad, interiores góticos, cortinas rojas, pechos bien proporcionados, un par de tazas de café y alguna que otra puta con ritmo. Esos son los ingredientes que se utilizan para dar forma a una primera parte realmente buena, en la que uno siente la necesidad de resbalar en total libertad entre las imágenes, como cómplice obligado de la contradicción interna del autor. Pero de la mitad en adelante, aun existiendo momentos de lucidez, el desorden se convierte en la única secuencia de sentido. Lejos de responder al particular estilo del cineasta, la última hora y media de película es un ejercicio de abstracción integral que acaba desmotivando al espectador, ahogado en un océano de incoherencias e incapaz de sacar la cabeza del agua a lo largo de toda la travesía. Motivo éste por el cual, la distorsión constante de sonido e imagen -que ponen el punto de mira en lo estroboscópico- produce una sobresaturación absoluta y con ello dejan de funcionar los mejores trucos de los que el viejo maestro suele echar mano para hipnotizar al espectador: primerísimos primeros planos, cámara al hombro, ralentizaciones constantes y una banda sonora envolvente.
Este trabajo es la constatación de que no se le puede dejar una cámara digital -grabar resulta bastante más económico que rodar- a un esquizofrénico paranoide como Lynch. Con un guión de aficionado –se rumorea que ni siquiera lo llegó a escribir- y una última parte esperpéntica y excesivamente tramposa el director americano ha puesto en entredicho su carrera. Inland Empire no es más que un resultón ejercicio de posproducción, un documental inane, un videoclip mal vendido, un trailer que dura casi tres horas...

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