La fila de los mancos

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viernes, enero 26, 2007

Dreamgirls, aburrido viaje hacia la fama

Tras poner su granito de arena en la revitalización cinematográfica del musical con su guión de Chicago, parece que Bill Condon se quedó con ganas de algo más. Por eso se decidió a adaptar y dirigir un espectáculo de Broadway estrenado hace 25 años y merecedor de unos cuantos Tonys, Dreamgirls, todo un repaso a través de un trío de voces femeninas, The Dreamettes, al mundo de la música negra en las fructíferas décadas de los 60 y 70. El resultado final es un trabajo en envidiable calidad técnica, encomiable captación de otra época, pero muy predecible y, sobre todo, aburrido.
Dreamgirls cuenta con una muy buena baza: un reparto de relumbrón que cuenta con Jamie Foxx y Eddie Murphy, acompañados de la espectacular Beyoncé Knowles y una voz de impacto como la de Jennifer Hudson, que tiene aquí su plataforma de lanzamiento cinematográfico tras ser descubierta en la versión norteamericana del reality musical OT: American Idol. Murphy derrocha energía en el escenario interpretando a un cantante con explosiones de testosterona parecidas a aquellas con las que dejaba atónitos a propios y extraños el recientemente desaparecido James Brown. Igualmente brillan Beyoncé y Hudson, cuyo trabajo, aún así, no es tan espectacular como lo pintan su nominación a Globos de Oro y, ahora, al Oscar como secundaria. Pero sus esfuerzos interpretativos poco pueden hacer con unos personajes que no evolucionan, sólo reaccionan ante determinadas situaciones sin que comprendamos del todo su comportamiento; así que, llegado cierto punto, nos han dejado de interesar estas tres chicas con ansía de fama que acaban peleadas por aquello de que la que tiene mejor voz le falta presencia y a la que ésta le sobra le falta mejor voz, pues no han conseguido conectar con nosotros. Y es que Bill Condon se olvida de incluir al espectador en la historia, de metérselo en el bolsillo y seducirle -algo esencial en el género musical- con este viaje musical que termina siendo interminable por culpa de un mal equilibrio entre los diálogos cantados (que se acumulan según el final está más cerca) y las propias canciones de los espectáculos.
Dreamgirls es finalmente un regalo magníficamente presentado, coreográfica, musical y visualmente, pero sin contenido; y una decepción para todos aquellos que amamos al Condon que homenajeó al director de Frankestein, James Whale, en su nostálgica y a la vez terrible Dioses y monstruos. Es por esta razón que lo mejor que se le puede desear a este cineasta es que se olvide de Broadway y vuelva al Hollywood clásico, del que, seguro, muchas luces y sombras quedan por desvelar.

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